El cuidado de los jardines estaba a cargo de una pequeña princesita, quien dedicaba casi todo el día a su amorosa tarea: hablaba con las flores, las acariciaba y velaba por que cada una de ellas se encontrara a gusto en aquel hermoso lugar. Al terminar su labor, la princesita daba un paseo por entre las flores y descansaba después de mucho corretear al pie de un estanque lleno de ranas que no paraban de croar saludándola.
Acalorada se sentaba en una enorme piedra y se quedaba un rato allí conversando con las ranas y demás habitantes de aquella húmeda morada. Cuando la euforia de la ranas se hacía mayor y comenzaban a salpicar agua por todos lados, la princesita se levantaba y con mucho cuidado se quitaba sus hermosos zapatos rojos de charol que brillaban con el sol y deslumbraban a las traviesas ranitas.
Una de estas ranas (bastante pretenciosa porque era una de las más ojonas y verdes del charco) observaba a la niña con envidia. No dejaba de mirar y desear los hermosos zapaticos de la princesa y fue así que decidió pedir al Hada de los Estanques un deseo: unos zapatos más rojos y más brillantes que los de la pequeña princesa.
Ansiosa se infló para llamar con un estruendoso alarido a la desprevenida ninfa que dormitaba en un árbol cerca de allí.
Presurosa, el Hada de los Estanques llegó cabalgando en una mariposa y preguntó:
- Quién me ha llamado? A lo que la rana inflándose orgullosa contestó:
- Quiero pedirte un deseo Hada de los Estanques.
- Qué quieres pedir que con tanta urgencia me has llamado?
- Quiero unos zapatos rojos - dijo la rana - unos zapatos más rojos y más brillantes que los de la princesita.
La rana había hablado con tanta petulancia que el Hada de los Estanques decidió darle una lección:
- Sea pues: tu deseo será cumplido. Tendrás por siempre los zapatos de charol más rojos y más brillantes que hayas visto- y tocándola con su varita desapareció.
La rana se impacientaba al ver que nada sucedía y comenzó a inflarse para llamar al Hada nuevamente. De pronto, asombrada vio cómo los zapatos que siempre había soñado calzaban sus pies.
Llena de vanidad caminaba alrededor del estanque en donde ranas y sapos no paraban de admirarla mientras se pavoneaba en frente de todos ellos. El sol pegaba fuerte; las ranas y sapos del estanque con su curiosidad y satisfecha perdieron todo interés en los paseos de Doña Vanidosa; además el charco estaba fresco y nadie quería perderse ni un minuto de diversión.
Vanidosa los miró con desdén y continuó caminando de un lado para otro sin dejar de sonreír y comentando a todo aquel que se cruzaba por su camino la dicha que sentía al poseer tan hermosos zapatos. Las horas pasaban y el calor se hizo insoportable. Doña Vanidosa alegre corrió hacia el estanque dispuesta a darse un agradable chapuzón para luego continuar su encumbrado desfile por los hermosos jardines reales.
Fatigada se sentó en aquella enorme piedra que circundaba el estanque, le sonrió coqueta a un gracioso sapo que pasaba por su lado y se dispuso a quitarse sus zapatitos rojos, más... Oh, desgracia! ... no salían.
En vano procuró deshacerse de aquel mágico regalo. Luchó y luchó con ellos hasta que se puso roja, roja como los mismos zapatos. Cansada al fin de su inútil esfuerzo se resignó a no ser jamás una rana del estanque. A medida que pasaban las horas la rana se secaba más y más a causa del sol y el calor. Su hermosa piel verde perdía su color y Doña Vanidosa acongojada sentía cómo las fuerzas le abandonaban.
Entre tanto las ranas y sapos la invitaban a bañarse croando felices entre chapoteos. Doña Vanidosa arrepentida por su engreimiento, se lamentaba solitaria a la orilla del estanque. Por fin llegó la noche que acompañada por una lluvia fina refrescó algo a Vanidosa que entristecida no cesaba de recriminarse por su falta de modestia y consideración.
Los lamentos de Doña Vanidosa llegaron a oídos del Hada de los Estanques quien dormitaba meciéndose sobre la nube más alta que adornaba aquel estrellado firmamento. Entre sueños escuchó el llanto de Vanidosa y decidió que ésta ya había aprendido su lección.
Con los primeros rayos del sol el Hada de los Estanques apareció para librar a Vanidosa de sus zapatitos de charol. Al verse liberada de tan elegante martirio saltó y de un solo brinco cayó en el estanque donde sapos y ranas celebraban con júbilo su regreso.
Arrepentida, se disculpó con sus compañeras por su engreimiento y se convirtió desde ese día en la más dulce, sencilla, y amable rana que jamás habitara los estanques de aquel reino.
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