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La Ranita Vanidosa


Hace mucho, mucho tiempo, en un país al que todavía visitaban las hadas había un inmenso castillo que sobresalía entre los demás por sus hermosos jardines. Rosas, jazmines, tulipanes y violetas circundaban las paredes de aquel hermoso castillo siempre iluminado por los intensos rayos del sol o bañado por una suave brisa que refrescaba de modo casual a las acaloradas florecillas.

El cuidado de los jardines estaba a cargo de una pequeña princesita, quien dedicaba casi todo el día a su amorosa tarea: hablaba con las flores, las acariciaba y velaba por que cada una de ellas se encontrara a gusto en aquel hermoso lugar. Al terminar su labor, la princesita daba un paseo por entre las flores y descansaba después de mucho corretear al pie de un estanque lleno de ranas que no paraban de croar saludándola.

Acalorada se sentaba en una enorme piedra y se quedaba un rato allí conversando con las ranas y demás habitantes de aquella húmeda morada. Cuando la euforia de la ranas se hacía mayor y comenzaban a salpicar agua por todos lados, la princesita se levantaba y con mucho cuidado se quitaba sus hermosos zapatos rojos de charol que brillaban con el sol y deslumbraban a las traviesas ranitas.

Una de estas ranas (bastante pretenciosa porque era una de las más ojonas y verdes del charco) observaba a la niña con envidia. No dejaba de mirar y desear los hermosos zapaticos de la princesa y fue así que decidió pedir al Hada de los Estanques un deseo: unos zapatos más rojos y más brillantes que los de la pequeña princesa.

Ansiosa se infló para llamar con un estruendoso alarido a la desprevenida ninfa que dormitaba en un árbol cerca de allí.

Presurosa, el Hada de los Estanques llegó cabalgando en una mariposa y preguntó:

- Quién me ha llamado? A lo que la rana inflándose orgullosa contestó:
- Quiero pedirte un deseo Hada de los Estanques.
- Qué quieres pedir que con tanta urgencia me has llamado?
- Quiero unos zapatos rojos - dijo la rana - unos zapatos más rojos y más brillantes que los de la princesita.

La rana había hablado con tanta petulancia que el Hada de los Estanques decidió darle una lección:

- Sea pues: tu deseo será cumplido. Tendrás por siempre los zapatos de charol más rojos y más brillantes que hayas visto- y tocándola con su varita desapareció.

La rana se impacientaba al ver que nada sucedía y comenzó a inflarse para llamar al Hada nuevamente. De pronto, asombrada vio cómo los zapatos que siempre había soñado calzaban sus pies.

Llena de vanidad caminaba alrededor del estanque en donde ranas y sapos no paraban de admirarla mientras se pavoneaba en frente de todos ellos. El sol pegaba fuerte; las ranas y sapos del estanque con su curiosidad y satisfecha perdieron todo interés en los paseos de Doña Vanidosa; además el charco estaba fresco y nadie quería perderse ni un minuto de diversión.

Vanidosa los miró con desdén y continuó caminando de un lado para otro sin dejar de sonreír y comentando a todo aquel que se cruzaba por su camino la dicha que sentía al poseer tan hermosos zapatos. Las horas pasaban y el calor se hizo insoportable. Doña Vanidosa alegre corrió hacia el estanque dispuesta a darse un agradable chapuzón para luego continuar su encumbrado desfile por los hermosos jardines reales.

Fatigada se sentó en aquella enorme piedra que circundaba el estanque, le sonrió coqueta a un gracioso sapo que pasaba por su lado y se dispuso a quitarse sus zapatitos rojos, más... Oh, desgracia! ... no salían.

En vano procuró deshacerse de aquel mágico regalo. Luchó y luchó con ellos hasta que se puso roja, roja como los mismos zapatos. Cansada al fin de su inútil esfuerzo se resignó a no ser jamás una rana del estanque. A medida que pasaban las horas la rana se secaba más y más a causa del sol y el calor. Su hermosa piel verde perdía su color y Doña Vanidosa acongojada sentía cómo las fuerzas le abandonaban.

Entre tanto las ranas y sapos la invitaban a bañarse croando felices entre chapoteos. Doña Vanidosa arrepentida por su engreimiento, se lamentaba solitaria a la orilla del estanque. Por fin llegó la noche que acompañada por una lluvia fina refrescó algo a Vanidosa que entristecida no cesaba de recriminarse por su falta de modestia y consideración.

Los lamentos de Doña Vanidosa llegaron a oídos del Hada de los Estanques quien dormitaba meciéndose sobre la nube más alta que adornaba aquel estrellado firmamento. Entre sueños escuchó el llanto de Vanidosa y decidió que ésta ya había aprendido su lección.

Con los primeros rayos del sol el Hada de los Estanques apareció para librar a Vanidosa de sus zapatitos de charol. Al verse liberada de tan elegante martirio saltó y de un solo brinco cayó en el estanque donde sapos y ranas celebraban con júbilo su regreso.

Arrepentida, se disculpó con sus compañeras por su engreimiento y se convirtió desde ese día en la más dulce, sencilla, y amable rana que jamás habitara los estanques de aquel reino.

FIN
Por: Gilma Camargo Restrepo
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